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¿Son Equiparables Los Políticos A Los Trabajadores Por Cuenta Ajena?

13 de Octubre de 2009 | Artículo de Ramón F. Mijares Sánchez
Dos noticias aparecidas en dos medios de comunicación de difusión nacional, El País y El Mundo, sobre los finiquitos a percibir por los Diputados de las Cortes Valencianas y sobre la supresión de las cestas de Navidad por parte de las Cortes Generales (Congreso y Senado), respectivamente, reavivan los rescoldos de aquella iniciativa que en el año 2006 proponía que los cargos políticos cobraran el desempleo.

En efecto, el diario El País de 22 de septiembre pasado, bajo el título “El Letrado de las Cortes Valencianas bloquea los finiquitos”, nos pone en la pista de los acuerdos adoptados por la Mesa de dicho Parlamento en base a los cuales se reconoce a los Diputados de las Cortes Valencianas el derecho a causar pensión por el ejercicio del cargo de Diputado, así como a percibir indemnización o finiquito al perder la condición de miembro de las Cortes, y en una cuantía equivalente a una mensualidad de la asignación reglamentaria por cada año de mandato parlamentario y hasta un límite máximo de veinticuatro mensualidades.

Por su parte, el diario El Mundo, de 1 de octubre de 2009, bajo el título de “Adiós, paletilla, adiós”, da cuenta de la decisión adoptada por la Mesa conjunta del Congreso y el Senado de suprimir el regalo de Navidad de ambas Cámaras consistente en regalar 3000 cestas navideñas a otras tantos agraciados, que suponía un gasto de cerca de 400.000€.

Por lo que se refiere a la percepción del subsidio por desempleo, estaba residenciada en una proposición de ley que amparándose en una interpretación de una Sentencia del Tribunal Constitucional extrapolada de modo muy particular, pretendía equiparar a los cargos públicos y sindicales a los trabajadores por cuenta ajena.

Esto así, no es ocioso reflexionar sobre los rasgos comunes, y también sobre los diferenciales, que existen entre los cargos políticos y los trabajadores por cuenta ajena.

Los elementos definitorios que identifican el contrato de trabajo y lo diferencian de otro tipo de vinculaciones, son la voluntariedad, la retribución, la dependencia y la ajenidad del riesgo.

Para hacer la comparación tenemos que distinguir dentro de la política los cargos de elección y los cargos de designación. Estos últimos los dejamos fuera del análisis porque su permanencia depende de quien los haya nombrado. Centramos, pues, nuestra atención, en los cargos de elección.

Por lo que se refiere a la voluntariedad, es un atributo que impregna la relación laboral, y que está presente tanto en el inicio de la relación como durante la duración del contrato de trabajo, así como en su extinción.

Es indudable que el político accede a la política voluntariamente y que tal voluntariedad se mantiene durante el ejercicio de su mandato, así como, anticipadamente, si renunciara al cargo. Tal renuncia sería también voluntaria porque el político de elección llega a ser dueño de su propio cargo.

Este primer elemento podríamos considerar que es común al trabajador por cuenta ajena y al político.

En lo que atañe a la retribución, hay que matizar  su alcance por cuanto que la remuneración como elemento definitorio del contrato, puede ser contemplada desde dos puntos de vista: como expresión de la ajenidad, de tal manera que sean cuales fueren los resultados, el trabajador no asume los riesgos de la actividad del empresario; como consecuencia de que el trabajo es libre, productivo por antonomasia y por cuenta ajena, situando la ajenidad en la cesión anticipada de los frutos del trabajo y el salario como compensación de esa cesión.

La remuneración del político electo nada tiene que ver con ninguno de los dos puntos de vista anteriormente examinados. Su trabajo no está vinculado a rendimiento alguno, salvo que por rendimiento se entienda procurar el bien común o el interés público, lo cual sería forzar mucho el razonamiento.

Falla, pues, la configuración de la retribución como contraprestación al trabajo.

El tercer elemento, la dependencia viene entendiéndose en el ámbito del contrato de trabajo como la capacidad del empresario para determinar cómo, dónde y cuándo deben producirse los frutos del trabajo. Se trata, en definitiva, de un poder de dirección que permite al empleador dar órdenes sobre el trabajo y al trabajador cumplirlas. Es un sometimiento al poder de dirección y al poder disciplinario del empresario.

No cabe duda de que esta subordinación no existe en el cargo político. Primero porque sería problemático determinar quién es el empresario (¿la Administración, los electores, el cabeza de la lista de la que resultó elegido el cargo de que se trate?). Segundo porque al ostentar una propiedad del cargo electo sobre el cargo, esa subordinación no existe, al menos durante el mandato.

Por último, en cuanto atañe a la ajenidad, está implícita en el contrato de trabajo, y significa que el trabajador es extraño y ajeno a los riesgos de la explotación, teniendo garantizado su salario al margen de los resultados.

Quizá esta nota, en lo que se refiere a garantía del salario, con independencia de la mejor o peor gestión política, sí cabría predicarla del cargo político electo, que tiene garantizada su remuneración por desastrosos que sean los resultados de su gestión.

Pero el contrato de trabajo es un todo, y o concurren todos sus elementos definitorios o no hay contrato de trabajo.

Si lo hubiera, en la noticia de la que se hace eco el diario El Mundo sobre las cestas de navidad, asistiría a los receptores de las 3.000 cestas que se distribuyen, al menos a los receptores que tuvieran la condición de cargos políticos electos, el derecho a reclamar su mantenimiento como condición más beneficiosa.

Quizá fuera posible entender que los políticos aun no siendo equiparables al trabajador por cuenta ajena de lo que podríamos denominar régimen ordinario, sí lo fueran a otras relaciones laborales especiales. Y en esta línea de razonamiento, qué mejor que la de los artistas de espectáculos públicos, porque hay que reunir grandes dotes artísticas para que, a la vez que se fabrican pobres como en una cadena de montaje, erigirse en paladín de su causa.

Como ya dijo D’alembert: “La política es el arte de engañar a los hombres”.

Editor: Administrador

Colaborador: Ramón F. Mijares Sánchez

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